Como hacíamos cuando éramos niños con las alcancías -tesoro de proyectos- fuimos guardando muy dentro nuestro, a lo largo de nuestra vida, muchos valores que recogimos de quienes nos rodeaban, así como esperanzas, propósitos, deseos de mejorar o cambiar conductas o actitudes personales que no nos conformaban e ideales de vida que, en lo externo y en lo interno, quisimos realizar.
Allí quedó también la admiración y el recuerdo de actos positivos y logros ajenos, actitudes heroicas, hechos solidarios que, en lo profundo, hubiéramos deseado ser protagonistas; gestos y actos de amor y de firmeza que quizás aún no hemos podido encauzar pero que permanecen.
Rechazo por lo injusto, dolores de impotencia, palabras que callamos y quisiéramos poder haber dicho, silencios que no hicimos aunque sabemos que podríamos haber hecho.
También inspiraciones y aspiraciones -utopías de futuro- visualizadas en momentos de paz y contacto interior.
Todo ésto fue formando nuestro contenido, del cual estamos muchas veces alejados.
Y sin embargo podría nuestro lugar de apoyo -el lugar de nuestros valores-, una forma de recuerdo de nosotros mismos y una fuente insospechada de energía, cuyo contacto deberíamos reconocer y frecuentar.
Este contenido es nuestro y aunque haya en él cosas que aún no hemos podido concretar, está siempre allí para darnos confianza, impulso, fe y esperanza. Es importante tenerlo presente y no olvidarlo.
Especialmente en los momentos menos buenos, durante las tormentas externas e internas o cuando éstas terminan.
Apoyémosnos en los valores, nuestro real tesoro, cada vez que necesitemos nuevas fuerzas.